A los señores y señoras integrantes del Instituto Latinoamericano del Ombudsman – Defensor del Pueblo.
Debo participar, con hondo pesar, el fallecimiento de nuestra consocia e integrante del Consejo Asesor Honorario del Instituto Latinoamericano del Ombudsman – Defensor del Pueblo, doña Ana María Romero de Campero.
Ana María, Anamar, o doña Anita, como con los años terminaron llamándola sus compatriotas, fue periodista, Ministra de Comunicaciones y Presidenta del Senado boliviano. Todas estas responsabilidades las desempeñó con dignidad, responsabilidad y patriotismo. Pero la función que mejor le quedó, fue la de Defensora del Pueblo. Ana María fue la primera que ejerció ese cargo en Bolivia y puso en el cumplimiento de esa noble misión, toda su grandeza y valentía.
Su desempeño como Defensora del Pueblo, entre 1998 y 2003, fue un verdadero paradigma para nuestra institución, por su independencia del poder, su comprensión de los problemas sociales y por su infatigable tarea en la promoción y defensa de lo derechos humanos. Jamás fue insensible al dolor ajeno y siempre se supo poner en el lugar del “otro”, sobre todo, de los más débiles, de los más desprotegidos. Dio el más vivo ejemplo de que la del Defensor del Pueblo no es una magistratura neutral sino una función resueltamente comprometida con quienes no tienen fuerza, ni voz y lo que es más grave todavía, esperanza, frente a la injusticias sociales a las que parecen estar irreversiblemente condenados.
Desde esta perspectiva supo ser una eficaz mediadora en los conflictos sociales que marcaron a su país, pero cuando los abusos de algún gobierno hizo de la represión una forma de administrar las crisis, se puso activa y firmemente del lado de los reprimidos, como sucedió en la masacre de El Alto.
Terminado su mandato, presidió UNIR, una organización de la sociedad civil desde donde siguió trabajando para contribuir a solucionar los conflictos de la sociedad boliviana.
En 2009, fue elegida senadora por el Movimientos al Socialismo, y una vez ocupado su escaño, designada por la unanimidad que da el prestigio moral y no los acuerdos políticos ni la imposición de mayorías, Presidenta de Senado.
Todos quienes la conocimos y tratamos, podemos dar fe de su estatura intelectual, la sencillez de su trato, su sensibilidad frente a la injusticia y al dolor y sobre todo de su contagioso optimismo por las posibilidades morales del ser humano.
Terminamos estas líneas con honda congoja por la amiga y compañera que se nos va. Es una baja sensible para los que aún sin haberla conocido, militan entre los defensores de los derechos humanos y de la democracia en nuestra América Latina.
Nos sumamos con el mayor respeto al dolor de su familia y al de todo el hermano pueblo boliviano.
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